Un silencio opresor volvió a apoderarse de la sala de la UCI después de que los guardias se llevaran a Isabella a la fuerza.
El olor penetrante de la botella de suero rota aún flotaba en el aire, un recordatorio mudo de lo cerca que había estado la muerte de llevarse a Valentina apenas unos minutos antes.
En la cama, la joven respiraba con dificultad, aferrándose con tanta fuerza a las sábanas blancas que sus nudillos se pusieron pálidos.
Sebastián seguía de pie en medio de la habitación, con