Las luces traseras del avión médico no eran ya más que un punto diminuto entre las estrellas que brillaban sobre el cielo de Bogotá, hasta que finalmente desaparecieron por completo, tragadas por masas de nubes oscuras.
En la fría pista de aterrizaje, Sebastián Valderrama permanecía inmóvil como una estatua.
El viento fuerte agitaba su corbata, que ya llevaba tiempo desanudada, pero él no se movió ni un milímetro.
Sus ojos, enrojecidos, ya no derramaban lágrimas; se habían convertido en dos