El amanecer se alzaba sobre las colinas de Bogotá, con una ligera neblina que cubría los cultivos de la Hacienda de la Paz.
El lugar de la gran boda, que debía ser un símbolo de paz, se había transformado en una fortaleza invisible.
Tras la belleza de la decoración con orquídeas blancas y carpas de seda, había cámaras de vigilancia y equipos de seguridad de élite moviéndose en silencio.
Valentina permanecía en el balcón de su habitación, mirando hacia las montañas. Llevaba una bata de seda y s