El sol de la mañana se elevaba sobre la Hacienda de la Paz con una magnificencia incomparable,
como si el universo entero estuviera de acuerdo en que hoy era el día en que la oscuridad finalmente llegaba a su fin.
El rocío aún permanecía en los pétalos de millones de rosas blancas, traídas especialmente para adornar el camino hacia la capilla privada de la familia.
El aire ya no olía a tensión ni a pólvora por las operaciones de eliminación de la noche anterior; ahora, estaba impregnado de l