El estruendo metálico contra las puertas del ascensor en la planta de la UCI resonó por todo el pasillo, pero Valentina no se detuvo.
El sudor frío perlaba su frente mientras empujaba la camilla de Sebastián con todas sus fuerzas a través del estrecho y caluroso pasillo de la lavandería.
El olor penetrante a detergente y el vapor caliente de las secadoras gigantes le dificultaban la respiración, pero continuó avanzando.
Bajo sus manos, podía sentir cómo los dedos débiles de Sebastián intenta