Isabella despertó con la luz del sol filtrándose a través de cortinas que no reconocía, en una cama que no era la suya, con un brazo masculino pesado sobre su cintura. Por un momento de pánico, no recordó dónde estaba. Luego todo volvió en un torrente: el beso, la decisión, la noche con Dante.
Se giró cuidadosamente para mirarlo. Dormido, se veía más joven, más vulnerable. Las líneas de estrés que normalmente surcaban su frente estaban suavizadas, sus labios ligeramente entreabiertos. Se veía en paz de una manera que Isabella nunca lo había visto despierto.
¿Qué había hecho?
Como si sintiera su mirada, los ojos de Dante se abrieron lentamente. Cuando la vio, una sonrisa perezosa y completamente masculina curvó sus labios.
Buenos días su voz era ronca por el sueño.
Buenos días respondió Isabella, de repente consciente de que estaba desnuda bajo las sábanas.
¿Te arrepientes? preguntó Dante, su mano acariciando su brazo suavemente.
Isabella consideró mentir, pero ¿cuál era el punto