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CAPÍTULO 3: FANTASMAS DEL PASADO

El apartamento de Isabella era su santuario. Después de un día completo tratando de concentrarse en trabajos rutinarios y fallando miserablemente, finalmente cedió y se fue a casa temprano. Necesitaba pensar, procesar, entender por qué la reunión con Dante Santoro la había afectado tanto.

Se sirvió una copa de vino tinto y se acurrucó en su sofá favorito, con su laptop abierta. No era la primera vez que investigaba a Dante Santoro, pero esta vez era diferente. Esta vez no era solo el nombre en un titular de noticias. Era un hombre real con quien tendría que trabajar, con quien tendría que reunirse regularmente durante los próximos meses.

Y eso la aterrorizaba más de lo que quería admitir.

Abrió un archivo que había guardado hace años, uno que no había mirado en mucho tiempo. Contenía recortes de periódicos, artículos impresos, documentos legales. La historia de la caída de la empresa de su padre.

"Constructora Morales declara bancarrota después de perder contrato millonario," decía un titular de diez años atrás. Isabella recordaba ese día con claridad dolorosa. Tenía veinte años, estaba en su segundo año de universidad, y recibió la llamada de su madre llorando. Su padre había perdido el contrato más grande de la historia de la empresa, un proyecto de desarrollo urbano que habría asegurado el futuro de su familia durante generaciones.

Y lo había perdido ante Santoro Corporation.

Los artículos que siguieron pintaban un cuadro claro. Dante, recién habiendo tomado control de la empresa familiar después de la muerte de su padre, había sido agresivo, despiadado. Ofreció precios más bajos, plazos más ajustados, garantías que parecían imposibles de cumplir. El comité de adjudicación eligió a Santoro, y la empresa de su padre nunca se recuperó.

Lo que los artículos no mencionaban, lo que nadie excepto su familia sabía, era cómo eso había destrozado a su padre. Cómo había empezado a beber, a perderse en su estudio durante días. Cómo su madre había intentado mantener la familia unida mientras él se desmoronaba pieza por pieza. Cómo, cinco años después, un ataque al corazón se lo había llevado, y todos sabían que había muerto realmente de un corazón roto.

Isabella cerró la laptop con más fuerza de la necesaria, sintiendo las lágrimas picar sus ojos. No iba a llorar. No por esto, no otra vez.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Mariana: "¿Estás bien? Sé que fue un día duro."

"Estoy bien," escribió Isabella. "Solo procesando."

"¿Quieres que vaya? Puedo traer helado y esa botella de tequila que compramos en Cancún."

Isabella sonrió a pesar de sí misma. Mariana siempre sabía cómo hacerla sentir mejor.

"Mañana. Esta noche necesito estar sola."

"Okay. Pero si me necesitas, llámame. No importa la hora."

Isabella dejó el teléfono y se levantó, caminando hacia la ventana de su sala. Su apartamento era modesto, apenas el cuarto piso de un edificio antiguo en un barrio que estaba empezando a gentrificarse. Nada comparado con la torre de cristal donde Dante Santoro vivía, según había leído. Pero era suyo, pagado con su propio trabajo, cada centímetro ganado con esfuerzo y determinación.

Su mirada cayó sobre una foto enmarcada en su estante. Era de su graduación de la universidad. Su padre estaba a su lado, sonriendo ampliamente a pesar de que ya estaba enfermo, ya estaba perdido en su depresión. Había hecho el esfuerzo de estar allí, de celebrar su logro, incluso cuando ella podía ver el dolor en sus ojos.

"Lo voy a hacer bien, papá," susurró Isabella a la foto. "Voy a demostrarle a Dante Santoro que los Morales somos mejores que él. Que no nos destruyó. Que construimos algo hermoso de las cenizas que dejó."

Tomó un sorbo largo de su vino, decidida. Tres semanas para diseñar el edificio más impresionante de su carrera. Tres semanas para demostrar que no solo era competente, sino brillante. Tres semanas para vengarse de Dante Santoro de la única manera que importaba: siendo innegablemente mejor que cualquier otra opción que hubiera tenido.

Su teléfono vibró nuevamente. Esta vez no era Mariana. Era un número desconocido.

"Señorita Morales, soy Roberto Mendoza, asistente del señor Santoro. El señor Santoro solicita que se reúna con él mañana a las 10 AM en el sitio de construcción propuesto. Enviará un auto a recogerla a las 9:30. Por favor confirme su asistencia."

Isabella frunció el ceño. ¿Un auto? ¿No podía simplemente enviarle la dirección?

"Puedo llegar por mi cuenta," escribió de vuelta. "Solo envíeme la ubicación."

La respuesta fue casi inmediata: "El señor Santoro insiste. El auto estará en su dirección a las 9:30 AM."

Por supuesto que insistía. Porque Dante Santoro era el tipo de hombre acostumbrado a que todos siguieran sus órdenes sin cuestionamiento.

"Confirmado," escribió Isabella, aunque cada fibra de su ser quería rechazar solo por principio.

Esa noche, Isabella tuvo un sueño. Estaba de nuevo en la oficina de Dante, pero esta vez estaban solos. Él se levantaba de su escritorio y caminaba hacia ella con esa gracia depredadora que había notado. Sus ojos estaban oscuros, intensos, clavados en los suyos mientras acortaba la distancia entre ellos.

"¿Sabe por qué la elegí realmente, Isabella?" su voz era baja, íntima, enviando escalofríos por su espalda.

"No," susurró ella, incapaz de moverse, de respirar.

"Porque cuando me mira, veo fuego," su mano se levantó, casi tocando su mejilla pero deteniéndose a centímetros. "Y he estado frío durante demasiado tiempo."

Isabella despertó sobresaltada, su corazón latiendo salvajemente, su piel cubierta de un sudor fino. El reloj en su mesita de noche marcaba las 4:23 AM. Todavía faltaban horas para el amanecer, pero sabía que no volvería a dormir.

Se levantó, se duchó con agua fría, y se obligó a concentrarse en lo único que importaba: el diseño. Si iba a trabajar con Dante Santoro, necesitaba recordar constantemente quién era él realmente. No el hombre de su sueño, no el empresario carismático de las fotos. Era el hombre que había destruido a su padre. Y ella nunca, jamás, lo olvidaría.

A las 9:30 AM en punto, un Mercedes negro con vidrios polarizados se detuvo frente a su edificio. Isabella bajó las escaleras, vestida con jeans negros, una blusa de seda gris y botas cómodas. Si iban a un sitio de construcción, necesitaba ropa práctica.

El conductor, un hombre mayor con cabello plateado, le abrió la puerta con una sonrisa cortés.

  Buenos días, señorita Morales.

  Buenos días   respondió Isabella, deslizándose en el asiento trasero.

El interior del auto olía a cuero nuevo y un aroma masculino vagamente familiar. Isabella se tensó cuando se dio cuenta: Dante ya estaba en el auto, sentado en el otro extremo del asiento trasero, revisando algo en su tablet.

Levantó la vista cuando ella entró, y por un momento, solo un momento, Isabella vio algo en sus ojos que la hizo recordar su sueño con una intensidad vergonzosa.

  Señorita Morales  dijo, su voz perfectamente profesional. Espero no haberla incomodado sugiriendo que viajáramos juntos. El sitio está a una hora de aquí y pensé que podríamos discutir algunos detalles del proyecto en el camino.

  Está bien  respondió Isabella, luchando por mantener su voz neutral . Es... eficiente.

El auto comenzó a moverse, deslizándose suavemente por las calles de la ciudad. Por un momento, ninguno habló. Isabella miraba por la ventana, consciente de cada centímetro del espacio entre ellos, del calor que parecía emanar de su cuerpo, del olor de su colonia.

   Su padre era Alberto Morales  dijo Dante de repente, y el mundo de Isabella se detuvo.

Se giró lentamente para mirarlo, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

  ¿Disculpe?

 Lo investigué anoche. Después de nuestra reunión, su comportamiento me intrigó. Quería entender de dónde venía esa... hostilidad  hizo una pausa, sus ojos buscando los de ella . Constructora Morales. El proyecto de Desarrollo Urbano Costa Verde hace diez años. Lo recuerdo.

Isabella sintió la ira subir en su garganta, caliente y amarga.

 Por supuesto que lo recuerda. Fue uno de sus primeros triunfos como CEO. El contrato que consolidó su reputación como un tiburón despiadado.

  Fue una decisión de negocios  respondió Dante, su voz cuidadosamente neutral.

  Fue la destrucción de mi familia  Isabella prácticamente escupió las palabras . Mi padre nunca se recuperó de perder ese contrato. Su empresa quebró. Perdimos nuestra casa. Y cinco años después, murió de un ataque al corazón que todos sabemos fue causado por el estrés, la vergüenza, el sentimiento de haber fallado.

El silencio que siguió fue denso, pesado. Dante la miraba con una expresión que Isabella no podía descifrar. ¿Sorpresa? ¿Remordimiento? ¿O simple indiferencia?

  No sabía que había muerto  dijo finalmente, y había algo en su voz que sonaba casi como sinceridad . Lo siento.

 No necesito su compasión  respondió Isabella fríamente . Y si me investigó, si sabe quién soy y de dónde vengo, entonces también sabe por qué acepté este proyecto. No es porque admire su empresa o respete su éxito. Es porque voy a demostrarle que soy mejor arquitecta de lo que usted jamás será empresario. Voy a crear algo tan magnífico que cada vez que lo mire, recordará que una Morales fue quien lo hizo posible.

Los ojos de Dante se oscurecieron con algo que podría haber sido ira, o tal vez respeto. Era difícil saberlo.

   Entonces compartimos un objetivo  dijo lentamente. Ambos queremos que este proyecto sea excepcional. Solo que por diferentes razones.

    Muy diferentes razones.

  ¿Puede dejar sus sentimientos personales en la puerta y hacer su trabajo?

La pregunta fue directa, sin disculpas. Isabella lo miró fijamente, viendo el desafío en sus ojos.

  Puedo si usted puede  respondió.

Una sonrisa apenas perceptible curvó las comisuras de sus labios.

   Entonces tenemos un acuerdo.

El resto del viaje transcurrió en silencio tenso. Isabella miraba por la ventana, su mente corriendo. Dante sabía. Sabía quién era, conocía la historia, y aun así había decidido contratarla. ¿Por qué? ¿Era algún tipo de juego para él? ¿Una forma de probar que podía controlarla, que su dinero y poder eran más importantes que cualquier historia personal?

O tal vez, una pequeña voz susurró en su mente, tal vez sentía culpa. Tal vez contratar a la hija del hombre cuya vida había arruinado era su forma retorcida de hacer las paces.

De cualquier manera, Isabella no estaba segura de si eso hacía las cosas mejor o mucho, mucho peor.

Cuando llegaron al sitio, Isabella se olvidó momentáneamente de su ira y su conflicto. El terreno era impresionante: tres hectáreas de tierra privilegiada en el nuevo distrito financiero de la ciudad, con vista al río y las montañas en la distancia. Era perfecto, absolutamente perfecto.

  ¿Qué piensa?  preguntó Dante, apareciendo a su lado mientras ella caminaba por el perímetro, su mente ya visualizando estructuras, calculando ángulos, imaginando cómo la luz jugaría con el vidrio y el acero.

 Pienso  dijo Isabella lentamente, honestamente . Que voy a construirle algo espectacular.

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