A través de un vidrio incrustado en una pared, Lenis podía observar a T.C yacer encima de una camilla, cubierto por aparatos, boca abajo, siendo tratado por quemaduras de gravedad.
Él había despertado, pero la sedación era constante, gracias al ardor y el dolor de sus heridas.
Los doctores felicitaban su fortaleza y aguante, asegurando que eso lo ayudaría a sanar rápidamente.
Ese miércoles, tres días después del atentado en contra suya, los médicos le habían dado de alta, a pesar de su herida