Dylan se quedó casi en shock al escuchar la varonil voz del mano derecha ruso, eso era algo que jamás se habría esperado, con cuidado se puso de pie para cerrar la habitación con seguro, le interesaba mucho lo que tenía para decirle el hombre con el que se acostó aquella noche en ese exclusivo bar
— Dylan, soy yo, tenemos que hablar
— ¡Qué demonios, Lenin, secuestran a los niños Diamantis y me llamas para saludar! ¿a qué están jugando? ¡te advierto que sea lo que sea que traigan entre manos, no