#75

Siena permanece en total silencio mientras se encuentra sentada en el asiento del copiloto del auto de Kirsteen, el cuerpo rígido, la espalda recta contra el respaldo como si cualquier relajación no existiera o la sola idea de hacerlo pudiera hacerla desmoronarse. La ventanilla está empañada por el contraste entre el calor de su respiración alterada y el frío brutal del exterior, pero ella no se molesta en limpiarla. Su mirada permanece fija en el nublado exterior, perdida, dura, cargada de una rabia que todavía no encuentra salida. Sus manos en puño tiemblan sobre sus muslos, crispados, blancos por la fuerza con la que se aferran a la tela del abrigo.

A su lado, Kirsteen conduce en un silencio casi sepulcral. No necesita mirarla para saber que Siena aún está al borde. Lo siente en la forma en que respira, en los pequeños movimientos tensos, en ese temblor que no es de frío o un simple espasmo. En el horizonte, la tarde comienza a mermar, los árboles que bordean el camino son solo un
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