Siena permanece en total silencio mientras se encuentra sentada en el asiento del copiloto del auto de Kirsteen, el cuerpo rígido, la espalda recta contra el respaldo como si cualquier relajación no existiera o la sola idea de hacerlo pudiera hacerla desmoronarse. La ventanilla está empañada por el contraste entre el calor de su respiración alterada y el frío brutal del exterior, pero ella no se molesta en limpiarla. Su mirada permanece fija en el nublado exterior, perdida, dura, cargada de una