La cabeza de Victoria se asoma por la puerta entreabierta, apenas un mechón rojo escapando primero… luego otro… hasta que por fin su cabecita aparece completamente, coronada por una maraña salvaje de rizos rojos. Parpadeando un par de veces, desorientada, y con más valentía que sigilo saca medio cuerpo para asomarse al pasillo.
Asegurándose de mirar a ambos lados —como ha visto hacer a los adultos cuando cruzan la calle—, comprueba que todo está despejado y nadie se acerque. Entonces, con su pi