Victoria corre por el sendero del lago como si el mundo entero dependiera de la velocidad con la que sus piernas responden. El aire cálido del verano le golpea el rostro y le enrojece aún más las mejillas ya encendidas por el esfuerzo, pero ella no afloja el paso ni un segundo. Su respiración se mezcla con pequeñas risas que se le escapan sin permiso, porque la emoción le resulta demasiado grande para mantenerla contenida dentro del pecho. El uniforme nuevo se ajusta todavía con algo de rigidez