ADAM.
—Adam… —mi hermana me puso la mano en el pecho, y no sé por qué no medí la fuerza cuando la quité de mí para que dejara de tocarme o incluso asomarme su lástima—. ¡Adam!
—Necesito aire… yo… déjame solo, Sofie… —ella asintió rápido, y me apresuré a quitarme la ropa para abrir la llave y dejar el agua fría correr por mi cuerpo cuando ella se fue.
Muchos calambres recorrieron mi cuerpo ante el frío, y cerré los ojos, para golpear mi puño contra la pared.
¿Qué podía esperar? ¿Que ella se m