—Ale… —susurró, pasando el pulgar por mi mejilla, con una mirada que reflejaba tanto preocupación como enojo—. ¿Estás bien?
Miré hacia el suelo y luego a él. Noté sus ojos, enrojecidos, enfocados en mí y luego en Vanessa. Se puso de pie y miró a las mujeres alrededor, las que aún susurraban y señalaban, su expresión se endureció.
—¿De verdad no les da vergüenza? —exclamó molesto—. ¿Atacar a otra mujer de esta manera? ¿Juzgarla y humillarla sin saber absolutamente nada? Que bueno se ve el sucio