La llamada llegó a las diez de la mañana como un disparo en medio del silencio.
Valeria contemplaba su reflejo en el ventanal del penthouse, una taza de café enfriándose entre sus manos, cuando la pantalla del teléfono iluminó la sala con el nombre de su hermana. No era inusual que Camila llamara, pero había algo en la insistencia de los timbres —uno tras otro, sin pausa— que hizo que el estómago de Valeria se contrajera con anticipación.
—¿Camila?
—Necesito que vengas. —La voz de su hermana so