Capítulo 47. La furia de Renzo.
El Hospital Presbiteriano de Nueva York olía a antiséptico barato, a cera para pisos y a esa fragancia inconfundible y metálica que es el miedo a la muerte.
En la sala de espera privada de la Unidad de Cuidados Intensivos Quirúrgicos, el tiempo no pasaba; se arrastraba, pesado y viscoso. El zumbido constante de las máquinas y el parpadeo de un tubo fluorescente en el techo eran los únicos acompañantes de una vigilia agónica.
Renzo Castelli caminaba de un lado a otro. Tres pasos al norte, giro b