Al darse cuenta de que lo miraba con lo que para un observador casual podría parecer anhelo, Camille bajó la mirada apresuradamente. Theo debía estar acostumbrado a las miradas, aunque la mayoría probablemente no eran tan objetivas ni frías como la suya, porque incluso ella reconocía que él tenía un carisma sexual descomunal; demasiado obvio y descarado para ella, pero Camille entendía por qué nunca faltaban candidatas, deseosas de satisfacer su sana libido.
Y se suponía que su familia debía cr