Kamila no podía dormir. Estaba acostada en un colchón de tres mil dólares, rodeada de almohadas, con su cuerpo completamente exhausto y su cerebro privado de sueño. Pero su corazón turbado impedía que sus ojos se cerraran, y la petición de Mike la envolvía en una melodía sin fin. «No te olvides de mí. No te olvides de mí».
¿Cómo podía pensar, ni por un momento, que ella lo haría? ¿Y por qué insinuó que no volverían a verse? Ahora deseaba haberle demostrado sus sentimientos con más claridad, per