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—En cuanto te vi, supe que eras especial —le susurró al oído, con el aliento oliendo a cerveza rancia—. Toda una dama por fuera, más ardiente que un cohete por dentro, pidiendo a gritos que el hombre adecuado te encienda —dijo Gary David.

Era demasiado.

—Ya basta. Suéltame, ahora —dijo ella.

Apareció Asher, pasando junto a Gary David. Ella solo vio quietud y una serena concentración en sus ojos. Estaba a menos de treinta centímetros.

Gary David parecía no tener ni idea de que Asher estaba allí.
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