Comió dos porciones de ensalada y tres de pasta. Al terminar, se recostó en la silla y suspiró.
—¿Mejor? —preguntó él con voz ronca.
Kimberly asintió. —Mucho mejor —dijo—. Gracias por cocinar. Lo hiciste genial.
Él sonrió. —Sí. Cocino pasta mejor que casi nadie.
Su humor la intrigó. Hasta el momento, su anfitrión había sido todo profesionalismo. La sonrisa suavizó su expresión e iluminó sus ojos. Deseó que sonriera más. Casi lo hacía más accesible. Seguía siendo peligroso, pero era agradable sa