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Por razones que no entendía, él no le había atado las manos. Extendió la mano y se quitó la venda de los ojos, solo para encontrarse dentro de una caja oscura en una furgoneta.

Claro, pensó, sabiendo que si no hubiera estado tan cansada, la situación le habría parecido graciosa. No le había atado las manos porque, una vez dentro de la furgoneta, daba igual si se quitaba la venda. No había nada que pudiera ver.

Qué astuto, pensó mientras se arrastraba hasta el fondo de la furgoneta y bajaba. Mir
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