El silencio que siguió a la amenaza de Julián pesó en el aire del búnker técnico con la densidad del plomo derretido.
Seraphina, erguida junto al mostrador chamuscado, pero con la palidez invadiendo sus pómulos, fijó sus ojos grises en los mellizos.
Luvia sostenía la carpeta con los nudillos blancos