La mañana llegó a Manhattan envuelta en una luz dorada, pero, dentro del apartamento, Helena sentía que aquella tranquilidad escondía la última tormenta que todavía tenían que atravesar.
Gabriel estaba frente a la ventana, con el teléfono en las manos, siguiendo los movimientos que habían comenzado durante la madrugada. Los documentos de Arthur estaban seguros, el pendrive permanecía guardado y una copia de las pruebas ya había sido enviada a un abogado de confianza, que estaba preparado para e