La revelación de Eduardo dejó a Helena completamente inmóvil. Durante unos segundos, nadie pareció encontrar las palabras necesarias para romper el silencio que se había instalado en la habitación. La pequeña llave continuaba entre sus dedos, fría y pesada, mientras su mente intentaba comprender la dimensión de lo que acababa de escuchar.
El padre de Gabriel había recibido la llave.
Arthur.
El hombre que durante toda su vida había existido apenas como una ausencia en su historia ahora aparecía