Durante unos segundos, nadie se movió.
La pequeña hoja de papel permanecía entre los dedos de Gabriel, temblando levemente bajo la corriente de aire que entraba por la ventana rota. El sol de la mañana ya había ascendido en el horizonte, derramando una luz dorada sobre la vieja sala, pero para Helena era como si el mundo hubiera perdido todos sus colores.
Su mirada seguía fija en aquella caligrafía.
La reconocería en cualquier lugar.
Era la letra de su madre.
La misma que llenaba los cuadernos