El silencio que se instaló en la antigua casa de la granja parecía tener vida propia.
Nadie se atrevía a decir una sola palabra. La grabadora seguía sobre el suelo de madera, junto al compartimiento secreto, como una prueba de que todo lo que acababan de escuchar era real.
Helena permanecía inmóvil.
Las lágrimas se habían secado en su rostro, pero la expresión perdida en sus ojos preocupaba a Gabriel. Parecía distante, como si su mente hubiera abandonado aquella sala y hubiera regresado muchos