Cuando Mario y yo cruzamos nuestras miradas, los latidos de mi corazón iban a más de mil por hora, quedando inmovil al lado de la puerta de su despacho, viendo sentado en una silla a su lado a su amigo, que nos miraba a Mario y a mi como si estuviera viendo un partidos de tenis en directo
— Leandro por favor, marchate y déjanos a solas — le dijo Mario, levantandose su amigo de la silla, marchandose seguidamente de aquel despacho
— ¿Qué puedo hacer por ti? o mejor dicho – dijo levantandose del s