Las puertas del ascensor se cierran con un siseo, sellándome en un silencio que antes era un peso físico. Durante años, este penthouse fue solo una caja fría de vidrio, una tumba de mármol donde caminaba como un fantasma que ronda su propia vida. Cada rincón solía gritar que estaba solo.
Esta noche, el silencio es distinto. Entro a mi estudio, las suelas de cuero silenciosas contra el piso de caoba. No me molesto con las luces. El horizonte de la ciudad hace el trabajo por mí, derramando azules