El mensaje de Dante llegó a las ocho y cuarenta y siete del miércoles por la noche.
Lo va a pensar.
Roman lo leyó en su escritorio en el estudio, donde había estado leyendo sin leer del todo durante las últimas dos horas. Lo leyó una vez. Dejó el teléfono. Lo volvió a tomar y lo leyó de nuevo, lo cual no era necesario porque ya lo había entendido la primera vez, pero lo leyó de nuevo de todos modos.
Se puso el teléfono en el bolsillo.
Se levantó y fue a la cocina. Se quedó de pie en la encimera