Roman llamó a Dante un miércoles por la tarde.
Lo había estado pensando desde el lunes. Desde que llegaron las dos palabras y él había puesto el teléfono en el bolsillo y había vuelto al trabajo con esa cualidad específica de alguien que ha recibido algo que cambia la forma del día sin exigir ninguna acción inmediata. Lo había pensado el martes y no había llamado. Lo había vuelto a pensar el miércoles por la mañana y había esperado hasta la tarde, hasta que el escritorio quedó despejado y la re