La mañana no tenía nada hasta las diez.
Eso no era casualidad. Sera había empezado a construir esto dos meses atrás, no todas las semanas, pero con suficiente regularidad como para que se hubiera convertido en una parte real de su horario en lugar de un descuido. No se lo había anunciado a nadie. Simplemente había empezado a hacerlo y había descubierto que las mañanas que protegía de esta manera tenían una calidad distinta a las que no.
Se preparó su propio café.
Rosa todavía no había llegado.