Ella propuso caminar.
Habían pagado y ella había dicho, sin preámbulo, que quería caminar un rato, y él había dicho que sí, y habían caminado. Su barrio, sus calles, a dos cuadras de la propiedad, la ciudad que conocía de la manera en que conocía la mayoría de las cosas en su vida: con precisión y por elección.
El aire tenía esa calidad del otoño tardío, fresco sin ser frío. Él caminaba a su lado al ritmo que ella marcaba. No atrás, no adelante. Al lado.
Hablaron.
Después él pensaría en eso, la