Roman miró a Sera a través de la mesa. El café en su taza se había enfriado. Lo dejó. “¿Querés venir a la cena del domingo en la casa de mi madre?”
Ella lo miró. Sus ojos sostuvieron los de él un largo momento. “¿Para conocer a tu madre?”
“De nuevo,” dijo él. “Como corresponde.”
Ella pensó. Su dedo trazó el borde de su servilleta. El pequeño movimiento se sintió importante. “Sí.”
El camino a la casa de Eleanor se sintió distinto esta vez. Sera iba en el asiento del acompañante. Su mano descansa