El restaurante era de ella.
El mismo que había elegido la primera vez, a dos calles de la propiedad, el dueño que sabía su nombre y la mesa que prefería y el valor de no rondar. Ella le había preguntado si quería cenar y él había dicho que sí y ella había elegido el lugar sin explicar por qué lo elegía de nuevo, y él no había preguntado.
Él estaba de pie cuando ella llegó.
Pidieron. Hablaron. La conversación avanzó de la manera en que avanzaba entre ellos ahora, con facilidad y sin actuación, y