2. EMPEZAR DE NUEVO

Alicia se quedo a vivir en ese barrio peligroso, no era una casa y mucho menos un apartamento, la pobre vivía en lo que apenas era una habitación.

Esa noche llego a su trabajo, estaba cambiando su ropa, por el uniforme que poco le agradaba usar, afuera la música parece llevar una fuerte batalla por meterse en el pequeño cuarto que recoge a varias chicas, que se encuentran casi desnudas. 

—¿Con quién dejaste al bebé hoy? —La voz chillona de Paula, la distrae de su tarea. 

—La señora Carmencita, es un ángel, me está ayudando mucho. Si ella no me ayudara con mi pequeño Alan —Alicia masajea su frente por el cansancio—, no se como lograría llegar a fin de mes.

—Ya te dije que puedes bailar un ratito y obtener más dinero, así no estarías sufriendo todo el tiempo.

—Pau, ya te dije que…

—Que no puedes bailar, porque no tienes talento ni trasero —dijo su amiga, con esa voz cantarina que usaba para imitarla—. Pero tampoco es como si a esos viejos borrachos les importara —dijo en un tono de fastidio Paula, la mujer que se había vuelto la mejor amiga de Alicia. 

—Pau, sabes que te quiero mucho, pero no lo voy a hacer —Alicia mira a su amiga con dulzura y amor, porque se ha vuelto casi como una hermana.

—Lo sé y tampoco quiero que lo hagas, por eso cuido al pequeño terremoto entre semana, para que puedas estudiar —se puso de pie en unos enormes tacones de 20 cm—, eres mejor que muchas de nosotras y debes salir de aquí. 

—Y no sabes como te lo agradezco.

—Debes pagar por mis servicios —La pelirroja se río con fuerza.

—Lo sé. Me voy, hoy esta lleno y debo servir muchas cervezas.

“Cherry Pie” era el nombre del bar de desnudistas en el que trabajan Alicia y su amiga Paula, Alicia trabaja allí prácticamente desde que nació su pequeño Alan, no tuvo tiempo de descansar, ni tomarse los días para que su cuerpo se recuperará, porque las cuentas y los pañales eran necesarios todos los días, así que decidió dedicarse a servir cervezas los fines de semana, para tener dinero extra. 

No era un lugar lindo, y elegante, mucho menos alegre, en realidad era un sitio casi deprimente, oscuro y frío, a pesar de los calientes bailes que las mujeres noche tras noche practicaban para alegrar la solitaria vida de los hombres que visitaban el lugar. 

Al principio, Alicia se sintió morir, quería salir corriendo de aquel lugar, la primera noche vomito, pero la paga era buena y a veces alguno que otro tipo se apiadó de ella y le dejaban propinas, no tan jugosas como las que obtendría si se dedicara a bailar, pero eran propinas y todo eso sumaba. 

—Hola, ¿Cómo está todo?

—Francisco, bien y ¿Tú como estas?

Francisco es su compañero de barra, el preparaba algo más que simples tragos, un joven castaño, de ojos verdes y hermosos, cualquier mujer podría derretirse por su seductora belleza, pero Alicia no y eso lo ponía como loco, porque estaba profundamente enamorado de la morena, además de la dulzura con la que ella trataba a todos los demás, el bondadoso corazón de Alicia, lo mantenía alerta.  

—Quiero saber si es posible que hoy…¿Tomemos un café? ya sabe en la cafetería de los Waffles, sé que amas los Waffles —por lo general no era tímido, pero cuando estaba frente a Alicia, las cosas cambiaban por completo para él.

—Está bien, apenas cerremos turno, vamos por ese café. 

Sería una mentira si Alicia dijera que aceptó la invitación porque quería mezclarse o conocer más a fondo al atractivo Francisco, pero aunque pareciera cruel y mezquino de parte de la castaña, la verdad era que aceptaba la invitación por que no siempre le alcanzaba para tomar un buen desayuno, así que era una oportunidad de oro, para comer bien y gratis. 

La noche en el "Cherry Pie" paso conforme la monotonía que la noche suele traer, ningún acontecimiento extraño, ni peleas, ni alteraciones, Francisco y Alicia salieron muy a las 5:30 de la mañana del lugar y cuando entraron a la cafetería, el olor del café y los Waffles calientes, le dieron un confort que pocas veces podía permitirse. 

—Yo... ¿Cómo estuvo tu noche? —la pregunta tímida de Francisco la tomo por sorpresa.

—Bien, creo, ya sabes como es —Alicia levanto los ojos, mientras envolvía con sus manos la gran taza de café. 

—Alicia, yo... quisiera... Se que no es mucho, pero puedes vivir conmigo y... Salir de esa habitación en la que duermes con Alan, tengo mi propio departamento y...

—Francisco, no —la respuesta de Alicia fue firme.

Ella quería mucho a Francisco, pero no lo veía más que como un amigo, su mente y cuerpo apenas se estaban terminando de recuperar por la perdida de su amado Roberto y aunque la mano que le ofrecía Francisco era una posibilidad, ella quería hacerlo por si misma. 

—Pero, yo no... No me debes nada, solo soy un amigo ayudando...

—Al final del día, siempre voy a estar en deuda contigo y yo no quiero eso.

El desayuno termino aparentemente tranquilo, Alicia tomo el autobús y Francisco se subió a su moto y se marcho. 

Cuando llegó a su casa, un pequeño patito la estaba esperando, así le decía a su pequeño Alan, patito.

Con solo verlo su mundo se llenaba de colores y felicidad, se parecía un poco a su padre, seis meses tenía el pequeño y ella solo quería que cada segundo que pasara estuviese acompañada de Roberto, lo extrañaba más de lo que podía aceptar, pero no tenía permitido sentarse a llorar por el recuerdo, el tiempo no se detenía y ella no podía hacerlo tampoco. 

Estudiaba todas las noches en una universidad de poca calidad, pero ella con mucho empeño investigaba y sacaba las mejores notas, no se quedaba con lo poco que los maestros del lugar se permitían enseñar, Alicia realmente quería salir de ese feo barrio junto a su hijo, así que siempre iba más allá de lo que le enseñaban. 

Eso sumado a un pequeño Ángel guardián que la vida le puso en su camino.

Su segundo trabajo era cuidar y vigilar a un hombre mayor. 

El señor Jameson.

Alicia limpiaba la casa y cocinaba para el anciano durante el día, los 5 días de la semana razón por la cual lo veía más que a su propio hijo, los fines de semana eran los refinados hijos del viejo hombre quienes se encargaban del cuidado del pobre anciano, que como todos los lunes volvía completamente destruido y lastimado. 

—Señor Jameson, buen día.

—Alicia, hija sigue, que alegría verte de nuevo. Mis hijos son unos bastardos.

—Señor ¿Qué hablamos de no ser groseros? —susurró la morena cerca al viejo y señalando con el dedo, como si de un pequeño niño se tratara.  

—Se lo merecen. Me dejaron caer —el anciano le mostró su rodilla lastimada. 

La chica se sorprendió en seguida, más que nada porque la herida no había sido debidamente desinfectada, sin embargo un extraño sonido la sacó de su trabajo.

—Llegó el bastardo. 

—¿De qué habla señor? —pregunto Alicia, bastante confundida, ya que siempre eran ellos dos solos de lunes a viernes. 

—Mi hijo, Gilberto, dijo que quería venir a conocer a la enferma de la que hablo tan bien —el anciano suspiró cansado—. Escúchame bien, si intenta pasarse de listo contigo, lo golpeas. 

—Tiene que dejar de estar tan preocupado con la gente. Es su hijo. 

—Y tu mi niña, tienes que dejar de ser tan confiada. Y porque es mi hijo, te lo digo. 

Ese día el hijo menor del Señor Jameson, ingresó con toda la arrogancia de la que era dueño, miró a Alicia con descarada lascivia, lo que fue incómodo para los presentes. 

El día paso, en lo que era aparentemente normal, cuando la hora del almuerzo paso y la siesta del señor Jameson llego, un frío recorrió la espalda de Alicia. Ella sabía que algo no iba bien. 

—¿Cuánto cobras por un rato de tu perversión?

—¿Disculpe? —Alicia quería pretender que no era lo que había escuchado. 

—Quiero que me hagas perder la razón, conozco a las de tu clase. ¿Cuánto?

—Está equivocado —Alicia lo empujo levemente para salir del lugar—. Permiso. 

Alicia intentó salir de la cocina, pero el hombre la tomó con demasiado fuerza por la cintura, su cara estaba prisionera entre las manos del salvaje, que pegó sus labios a los asquerosos labios del tipo, parecía un perro rabioso. 

—¡Suélteme! —Alicia intentaba gritar y golpeaba al hombre, aguardando la esperanza de que alguien la escuchara, pero sus intentos parecieron en vano.

Una tremenda lucha por evitar ser abusada de la manera más vil se dio en esa elegante cocina, sin embargo cuando todo parecía estar perdido, el grito del señor Jameson, fue la esperanza que tanto buscaba. 

—¡¿Qué mierdas crees que haces?! Yo no te eduque para que hagas algo tan atroz como esto.

Alicia, acomodó su uniforme tanto como pudo, pero la blusa ya estaba abierta pues por la fuerza los botones habían salido a volar muy lejos, sus piernas estaban algo rasguñadas y sus labios y mejillas estaban enrojecidos pues la fuerza que había ejercido el hombre para forzarla no había sido poca.

—Señor Jameson, lo siento, pero debo irme.

—Hija, lo lamento tanto. 

El hombre sentía mucha vergüenza y pena por lo sucedido, pero sabía que tenía que dejarla ir, porque el desgraciado de su hijo no se detendría hasta lograr su objetivo. 

Alicia llegó a la pequeña habitación donde vivía, comía y dormía con su hijo, tomó un baño que duró más de lo necesario pero que fue insuficiente para sacarse la sensación de las manos de ese cerdo tocando su cuerpo. Ella jamás había sido tocada por un hombre diferente a su amado Roberto, con quién había perdido su virginidad y quién era el padre de su hijo. 

La pobre morena estaba devastada, necesitaba el dinero con urgencia, por esa razón mantenía dos trabajos, debía mantener a su hijo y tener una mejor vida, poder huir de las injusticias que parecían perseguirla, ella quería paz.

Pero parecía que la vida intentaba hundirla una y otra vez. 

Faltaba poco para culminar sus estudios sin embargo y no se sentía apta para presentarse a entrevistas de trabajo de acuerdo a sus estudios.

—¡Tenemos que ir a demandar! —Paula, estaba completamente ofendida y molesta. Además las marcas en el rostro y piernas de Alicia, le recordaban un pasado que no quería revivir nunca más. 

—¿A quién? ¿Al niño rico que cree que puede hacer conmigo lo que quiera o al pobre viejo Jameson que no puede casi ni moverse? 

—Bueno, cuando lo planteas en esos términos todo es más complicado —la chica que ya tenía el pelo de su rubio natural suspiro y se sentí junto a Alicia. 

—Ni que lo digas, Pau —la joven suspiró tomando un poco más de café—. Estoy joven, siento que no tengo derecho a decir que estoy cansada.

—¿Por qué no lo tendrías? Has pasado por cosas de m****a, eres madre soltera, apenas si puedes trabajar para vivir, porque cada peso que tienes en el bolsillo es para sobrevivir. Es obvio que estás cansada Ali —su amiga la miró con dulzura—. Creo que es hora de que busques un nuevo trabajo, algo que tenga relación con eso que estás estudiando.

—Pero no tengo experiencia, no tengo como...

—Obvio lenta, nunca la vas a tener experiencia, si no empiezas a buscar un trabajo. 

Muy en el fondo y a pesar de sus miedos ella sabía que Pau tenía toda la razón, tenía que empezar a usar sus estudios, así que buscar el trabajo ideal era lo siguiente, tarea que no fue fácil, varias entrevistas fueron terriblemente mal, algunas porque los hombres le pedían algo más que sus conocimientos básicos y otras porque las candidatas antes que ella estaban dispuestas a entregar eso que ella no. 

Casi pierde la esperanza, justo cuando estaba parada en frente de un edificio grande, más grande de lo que ella jamás había visto, y el edificio más grande al que había ido en todas sus entrevistas, un edificio imponente y por el que atravesaban personas de vestimentas muy distinguidas contrarias a las suyas que eran muy modestas y casi descoloridas. 

Inclusive Alicia, llevaba ropa prestada ese día, eso la hacía sentirse más avergonzada. 

—Si se puede —se dijo en un susurro—. Tú puedes Alicia, por Alan. 

Se dijo la joven que ingresó con actitud altiva y se presentó ante la recepcionista, que le ofreció una sonrisa de lo más amable, algo que ella no esperaba, la direccionaron al piso de recursos humanos y una rubia, joven, tal vez más joven que ella, con voz firme y que daba órdenes incluso a personas mayores que ellas dos juntas, la saludo.

—Vienes para la entrevista, sigue a esa oficina. Bienvenida a TenPa.

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