Pero Jeremy no era de los que dejaban que olvidara quién mandaba. Se salió abruptamente, dejándome vacía y gimiendo en protesta.
—¡Nooo, no pares! —Intenté alcanzarlo, pero él me giró sobre mi estómago con una fuerza natural, tirando de mis caderas hacia arriba para que quedara a cuatro patas, con el trasero presentado como una ofrenda. Mis mejillas rojas y azotadas escocieron con el aire, pero el dolor solo me puso más húmeda, con mi coño contrayéndose ante la nada.
—Cállate y tómatelo —espetó