Sus palabras flotaron en el aire, ásperas y crudas, mientras sus embestidas se volvían erráticas, con sus caderas golpeando las mías con una fuerza que hacía castañear mis dientes. La pared del baño se clavaba en mi espalda, fría contra la fiebre de mi piel, pero lo único que podía sentir era la polla de Luca estirándome al máximo, golpeando ese punto interno que me ponía la vista en blanco. El sudor lubricaba nuestros cuerpos, su pecho jadeando contra el mío, los pezones duros y raspando con c