Se dirigió a la cafetera y la encendió. Le daba la espalda mientras esperaba que el café terminara de llenar la taza y a Gregory se le iban los ojos por su espalda, por su cabello, por sus caderas. Había pasado la noche negándose una y mil veces esas sensaciones que ella le producía en el alma, pero también en el cuerpo. Pero la miraba, la veía moverse, hablar y solo flotar por el aire y esa resolución de hierro se disolvía.
Volvió a la mesa con dos tazas y se sentó con él, en silencio. Su car