En el coche, Cecilia parpadeó con los ojos enrojecidos, rodando lágrimas por ellos.
Algo acababa de caerle en el ojo, y no podía encontrarlo después de mirarse en el espejo durante un largo rato, frotándose la zona alrededor del ojo con un pañuelo de papel hasta enrojecerlo, y la sensación de un objeto extraño clavado en el ojo no se aliviaba.
Al final, Bosco forzó su rostro y le ayudó.
El hombre se acercó, su cálido aliento le rozó la cara y, en cuanto Cecilia abrió los ojos, pudo ver sus labio