Los ojos de Cecilia se abrieron de par en par, movió la cabeza para evitar los besos ásperos del hombre, gritando: —¡Bosco, suéltame, mierda, hijo de puta…!
Tan nerviosa, maldijo sin cesar.
Forcejeó con tanta fuerza, que los varios intentos de Bosco por besarle fueron evitados.
El hombre se alzaba sobre el rostro de ella, mostró la sonrisa fría y tiró de la corbata para anudársela.
Densos besos se posaron en su cuello, dejando las marcas rojas por donde pasaban.
Cecilia llevaba hoy pantalones, p