En el ruidoso y bullicioso puesto de marisco mostraba las alegrías de la vida cotidiana.
Cecilia llevaba un sencillo moño con una horquilla, y en cuanto bajó la cabeza, el poco pelo de ambos lados cayó hasta cubrirle el literal de la cara, su pelo negro, resaltando cada vez más su piel blanca.
Señaló el menú e inclinó la cabeza para decirle algo al hombre que estaba a su lado.
El hombre asintió y Cecilia sonrió, extendiendo la mano para llamar al camarero.
Carlos enarcó una ceja: —¡Parece que tu