—Muero por hacerte mía —gruñó, arrebatando mis labios con fiereza mientras sus manos me presionan contra su palpitante y endurecido sexo—. ¿Tú también lo deseas?
—Ya eres mío, Wyatt.
Una de sus manos se aferró de mi cabello y una electricidad desconocida, pero exquisita me gobernó todo el cuerpo tras ese beso tan rudo que me robó. Su beso más ese firme agarre despertó un deseo inexplicable en mi interior. Es imposible que pueda frenar los deseos cuando él también anhela lo mismo que yo.
La mano