—Parecía lamentable la otra noche, ¿verdad? —me preguntó Irene en la puerta, luciendo un traje que costaba más que mi sueldo de tres meses, pendientes de diamantes falsos (o eso me repetía para no odiarla) y un maquillaje tan impecable que hasta el espejo del baño parecía admirarla.
Si "lamentable" era lo que yo parecía, llevaba dos horas en casa de Iren limpiando, no podía comprender como una sola persona podía poner patas arriba un departamento en menos de cinco días.
—No, qué va —mentí, r