CAPÍTULO 270 — La Luz que Vuelve a Casa
El auditorio estaba lleno de expectativa por lo que pasaría esa noche. De esas que se sienten en la piel, en la respiración compartida y en los silencios que anteceden a algo importante. El aire olía a madera, a perfumes delicados y a ese aroma metálico que flota en los edificios de medicina: una mezcla de rigor y esperanza.
Mía Castell estaba sentada en la segunda fila, con la toga perfectamente acomodada sobre los hombros y el birrete apenas torcido