Álex se abría paso entre las mesas repletas, sirviendo platos y rellenando bebidas mientras esquivaba hábilmente a clientes groseros por todos lados.
La mayoría solo sabía gritar de forma impaciente, pero ¿qué más podía esperarse de aquellos mineros rudos que vivían más de su fuerza que de su inteligencia?
Además, los precios bajos de la comida atraían un desfile constante de clientes que no paraban de entrar y salir.
Álex observaba de reojo a Josefina, quien se movía con su destreza habitual mi