Álex se quedó ahí, congelado por un latido.
La mujer en sus brazos—Jasmine Kingston, impresionantemente hermosa y peligrosamente cerca—acababa de pedirle que rentara una habitación de hotel.
Su pulso rugió, calidez surgió por sus venas, deseo arañando ferozmente su pecho.
Jasmine no era cualquier mujer; era una leyenda en Vancouver, una de las tres bellezas principales de la ciudad.
Cada fibra en el cuerpo de Álex gritaba con anhelo.
Recién divorciado, finalmente libre, nada se interponía en su