Álex se sentó con las piernas cruzadas en el silencio oscuro, ojos cerrados fuertemente, persiguiendo calma.
El chillido penetrante de su teléfono destrozó la quietud.
Miró renuentemente, reconociendo el número de Sofía destellando insistentemente en la pantalla.
Su estómago se retorció; cada conversación que habían tenido últimamente terminaba en argumentos amargos. Decidió ignorarlo, dejando que el timbrar incesante resonara por el cuarto.
Pero el teléfono no se detendría, vibrando furiosament