La respiración de Jericho sonaba áspera mientras la bota de Álex se hundía en su cuello.
Sus mejillas se encendieron de humillación, y sus ojos brillaron con rabia y pánico.
En todos sus años abriéndose camino a garras—desde los callejones traseros de Vancouver hasta el escenario político brillante de Vermont—Jericho había creído que era intocable.
Pero ahora yacía en la suciedad como un perro pisoteado, luchando por cada respiración bajo la fuerza imparable de un hombre que apenas tenía veintit