El cuerpo de Elizabeth se sacudió en una serie de convulsiones violentas, su rostro se tornó de un azul oscuro, como si el aliento mismo de la vida se le estuviera escapando.
La agonía se dibujó en sus facciones, y su grito desgarrador atravesó el aire, haciendo que las enfermeras y médicos se apresuraran a responder. Las alarmas sonaron desde ambos lados de su cama, los pitidos frenéticos de las máquinas rebotaban en las paredes blancas, amplificando la sensación de desastre inminente.
—¿Qué de