Cuando Lyra terminó la llamada, otro teléfono sonó.
—Álex —llegó la voz de un hombre mayor, cálida pero formal.
—Prometiste que vendrías a revisar nuestra salud. ¿Cuándo tendré ese honor?
Álex se recostó.
—Bueno, puedo ir ahora mismo, si sabes dónde encontrarme y mandas a alguien a recogerme.
—¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a saber dónde está el doctor Mano de Dios? Hemos estado esperando pacientemente nuestro turno para ser honrados por tu visita.
—Mandaré a mi gente por ti inmediatamente. ¿Te parece aceptable?
Álex miró a Josefina, una sonrisa pícara formándose.
—Está bien, pero voy a traer a una mujer joven conmigo. ¿Te parece bien?
—Ciertamente, ciertamente. Trae a quien gustes. Los trataremos con la misma hospitalidad más alta que te damos a ti.
—No hace falta tratamiento especial. Solo trátala como siempre —se rio Álex, después colgó.
Se dirigió a Josefina.
—Empaca tu ropa. Vamos a Vinland.
Los ojos de Josefina se agrandaron.
—¿El Estado de Vinland? ¡Ese es el lugar más hermoso del